Casa Enlatada

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El Morocho

No, no es un apodo de persona, es un gato. Mi gato, mi compañero de camino por muchos años.

Sentado como un señorito

Y se me murió hoy, luego de un mes de estar enfermo. Este post no es para hacerle un homenaje ni para contar historias graciosas o tristes.

Solo es un post para poner fotos y para que yo pueda llorar mi tristeza mientras lo escribo. Disculpen.

Llegó por el techo, allá por el 2004. En Barrio Sur. Maullando a más no poder (de hambre, me imagino).

Flaco, muerto de hambre, daba pena. Le di comida un día. Ronroneó un poco, se dejó hacer dos o tres caricias… comió y se fue.

Durmiendo como un campeón

Pero volvió al otro día. Mismo proceso: comida, mimo, ronroneo.

Pero esa vez, en vez de irse por donde vino, se animó y bajó la escalera de la azotea. Recorrió toda la casa, con las orejas gachas por si acaso. Pero la casa y la dueña de la casa pasamos la prueba.

Se hizo un ovillo en el sillón del estar, y se durmió. Ya no se fue más.

Cómo terminó llamandose “Morocho” es una historia que he tenido que repetir muchas veces. “Amarillo y blanco, el bicho, y se llama Morocho, vos si que sos rara” (dicho por un amigo en una de las visitas a casa, mientras el zalamero del gato se le recostaba en las patas y lo llenaba de pelos amarillísimos)

Yo le puse ya no me acuerdo qué nombre, y no me daba mucha bolilla cuando lo llamaba, les tengo que confesar. Entonces mi madre vino de visita y ella le decía Morocho (mi madre le dice “morocho” o “morocha” a la gente, cariñosamente, y obvio, el gato merecía semejante tratamiento en la manera de pensar de mi madre). El caso es que al gato le gustó el nombre, venía al trote cuando le decías Morocho. Hasta el nombre se lo eligió él, será de Dios.

Asi fue que terminó llamandose Morocho un gato perfectamente amarillo. Cosas de la vida.

Con su gran amor, la lavadora

Era el sumum de la independencia, este gato. Obediencia cero, inteligencia, 100. Pero tenía muchas virtudes poco apreciadas.

Una cosa hay que decir en su favor: Era el rey de los rostrudos. Nunca entendí como hacía, pero tenía un don para meterse a la gente en el bolsillo. No es que fuera zalamero o pegajoso, no. Solo le buscaba la vuelta hasta que te rendías.

A mi cuñada, que no le gustan los gatos, le ganó por cansancio creo yo. La esperaba en la puerta cuando la sentía llegar, el muy rostrudo (a mi me venía a saludar al rato). Y se le sentaba al lado cuando Lu estaba estudiando o trabajando en la computadora. Le ronroneaba. Cómo hizo el Morocho no sé, pero un día Luciana le confesó, mientras le rascaba atrás de la oreja: “Gatito, a mi no me gustan los gatos, pero vos me estás empezando a caer simpático”. Mi hermano se mataba de risa cuando me contó.

Tuvo muchos amores, muchos, mientras no estuvo castrado. Dejá que se iba por tres días y volvía destruido de los arañazos Una vezs me tuvo una semana en vilo, cuando lo dí por muerto reapareció por la azotea, mugriento, flaco y todo razguñado, pero (imagino yo) feliz. Bueno, pero esas son historias de romances de las que yo solo supongo mucho y no sé demasiado.

Pero decía, tenía muchos OTROS amores. El lavarropas era su fascinación. Dormía ahí arriba, lo usaba de escalón para saltar a la banderola del techo… y se sentaba fascinado a observarlo cuando estaba en marcha.

Amaba los pescados que le traía el vecino cuando se iba de pesca a la escollera, y adoraba cazar pájaros y traermelos (debo confesar que nunca le agradecí que llegara todo orgulloso y me escupiera semejante ofrenda en las patas, pero es que la caza no es lo mío).

Amaba a mi madre y su inagotable capacidad de hacer mimos. Me amaba a mi, también.

Sabía, vaya uno a saber cómo, cuando yo estaba triste o preocupada por algo. Y venía y se me sentaba al lado, o en la falda, y se quedaba conmigo toda la tarde. Apoyo moral, que le dicen.

Con Victoria, disfrutando del sillón grande

También teníamos nuestras agarradas. Cuando trataba de curarle las heridas de guerra con las que volvía a casa, o cuando me emperraba en cazarle una pulga que tenía paseandosele por la nariz. Hasta que arranqué a ponerle pipetas, ese era nuestro mayor motivo de pelea.

La peor ofensa que le hice no fue castrarlo (cuando me mudé a Paso de la Arena, por miedo a que se fuera de juerga en un barrio lleno de perros y me lo mataran).

La peor ofensa que le hice fue cuando traje a la Chiqui a casa. El muy antisocial se pasó una semana entera sentandose de espaldas a mí cuando la adopté. Bufandome y sentandoseme de espaldas, todo ofendido. Habráse visto, hacerle eso a él, el dueño y señor del hogar, y sin consultarle.

Pero la Chiqui es una cosa diminuta y comestible. Aún hoy es chiquita, en ese entonces entraba en la palma de mi mano. La encontré en la parada del omnibus, cruzando la calle atrás de la gente. Ronroneaba tan pero tan fuerte y era tan pero tan diminuta. No me dió el corazón para dejarla tirada, asi que me la traje conmigo a casa. Le mostré la comida, el baño químico… y la dejé a ver qué hacía. Olfateó por ahí un rato, y cuando quise ver estaba en el sillón grande, durmiendo hecha un mini-micro ovillo.

Ah, la Chiqui. Hiperactiva, metiche, chusma… un Daniel el Travieso en versión gato, como quien dice. Eso si, compradora y mimosa hasta decir basta. A la semana tenía al Morocho totalmente enamorado.

La vida de ese gato cambió desde que empezó su amor incondicional por la micro-gata. Rejuveneció como 5 años (que en términos gatunos, es como 30 de los nuestros, me imagino).

Jugaban como dos gurises chicos. Uno se escondía atrás del sillón para “atrapar” al otro… se dedicaban a exhaustivas jornadas de limpieza recíproca (sumum de la demostración de amor gatuno, cuando se dedican a limpiarse y lamerse uno al otro). Ese gato fue feliz con su nueva compañía.

Hasta que la Chiqui (traicionera como toda hembra, como diría el tango), lo abandonó por otro querer.

La cosa fue así: Otra gata chica, hambrienta y maltratada apareció en el horizonte. Se trepó al árbol del frente de mi casa, con tal cara de asustada y apaleada que daba lástima. Le di de comer un día, dos, una semana. Traté de convencerla que volviera a su casa (tres casas más abajo), pero ni modo. Se había mudado por voluntad propia, y minga que la iba a hacer irse. A las dos semanas me resigné y la dejé entrar. Se hizo un ovillo en el sillón grande (un imán para gatos, ese sillón) y se quedó.

Y ya eramos cuatro en la casa, Victoria había elegido vivir con nosotros.

La hermandad de los bigotes a full

Si la Chiqui es Daniel el travieso, Victoria es una Lady. Así, con mayúscula. Se llama Victoria por la reina Victoria de Inglaterra. Igualita. Chiquita, retacona, gordita. Todo clase y delicadeza para moverse. Puede desfilar por un mueble lleno de copas de cristal, no solo sin romper ninguna, sin rozar ninguna. Todo lo que la otra tiene de atropellada y ardilla, lo tiene esta de cuidadose y elegante. Una lady, lo que les decía. Nunca se ha visto una gata con un nombre tan bien puesto.

Les decía, cuando llegó Victoria, la Chiqui se dedicó a jugar con ella y abandonó al Morocho por completo. Yo creo que debe haber sido la peor traición que pudieran hacerle al gato. Era amor lo que tenía por esa miniatura bigotuda. Amoooooor.

Pero se repuso. Se dedicó a disfrutar de los privilegios de ser el más viejo, el más inteligente, el más mimoso de la casa. Meta dormir en mi falda y a los pies de mi cama. Meta mimos.

Y así vivimos los dos nuestros años juntos.

Cuando se enfermó de la vesícula por primera vez, casi se muere. Pero lo sacamos, no sé ni como, pero la veterinaria y yo lo sacamos. Pero la doctora fue terminante, rotunda: “en cualquier momento le puede dar otra crisis y no recuperarse… hacéte a la idea“. La vida del Morocho desde entonces fue de comida de dieta y muchos cuidados. Y remedios, como todo viejo.

Y al tiempo le dió otra crisis, y después otra, y otra. Cada vez era más dificil recuperarlo.

Esta vez no pudo. Yo sabía que no podía hace tiempo. Se pasó el último mes a paté ultraconcentrado-requetevitaminizado para gato (como Gebral para mascotas, pero más potente). Paté especial y leche descremada. Pero no volvió a comer. Me acompañó un mes más, adelgazando y deteriorándose a ojos vistas.

Ayer tuve que rendirme a la evidencia. Se estaba muriendo. Lo acompañé hasta el final y se murió conmigo al lado. Él ronroneando mientras pudo, yo llorando a veces y haciendole mimos todo el rato.

Era lo que correspodía después de tantos años de relación, decirnos adiós así.

Lo llevé al terreno y lo enterré abajo de los eucaliptus. Los pueblos antiguos enterraban a sus muertos en la aldea, cerca. Decían que vigilaban la tierra y protegían a la tribu. Yo enterré a mi amigo en el lugar más lindo que pude encontrar en el terreno. Donde quiero vivir. Si los indios tienen razón y los muertos que amamos se quedan a cuidarnos, allá lo encontraré dentro de un par de años, cuando me mude. Ronroneando, como siempre.

Morocho, mi rey, te voy a extrañar.

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12 comentarios el “El Morocho

  1. pablo juan
    30 septiembre, 2011

    me encanto tu relato, se me piantaron unas lagrimas llegando al final.

    salu2 desde bsas

    • Inés I.
      1 octubre, 2011

      Muchas gracias Pablo… de verdad que era un gato alucinante, un ídolo total. Se lo extraña, pero que va a hacer… pasamos espectacular juntos, eso es lo que cuenta

    • Rubén González
      27 diciembre, 2011

      Inés buenas noches, yo también confieso que derrame unas lágrimas al leer tu historia, es que hace dos días tuve que sacrificar a mi gato Chillón, pero ya no podía ni pararse, del mismo color y también el rey de la casa, también le daban sus tundas cada vez que se iba a buscar gatitas. Espero que esté con Dios y haya sido yo una bendición en su vida y que sea amigo en el más allá de tu Morocho.

    • Inés I.
      27 diciembre, 2011

      Es muy triste cuando las mascotas se enferman así… Pero lo bueno son los recuerdos lindos, divertidos. Yo sigo extrañando al Morocho, pero por suerte tengo las dos gatas, que se han ocupado de andar en la vuelta mía todo el tiempo, re-mimosas.
      Y si tu Chillón y mi Morocho se encuentran por allá arriba, seguro se hacen amigos, el Morocho era el rey de las relaciones públicas, jejeje.

  2. yennilau
    16 octubre, 2011

    se me hizo un nudo en la garganta con tu historia xq senti lo mismo por mi gata Rita q un día desapareció y no volvio más hasta que luego supe que en una pelea con otro gato quedo mal herida y no pudo volver a casa…o sea no pudimos despedirnos como corresponde.
    Te mando un saludo!!

  3. yennilau
    16 octubre, 2011

    ahh me olvidaba te iba a decir q soy hermana de el bolita…supe q se conocen xq en maldonado anduvimos recorriendo y lo lleve cerca de mi casa a que vea una casa de contenedores muy linda que hay, le comente del blog que estaba siguiendo y me dijo que te conocia y q eras amiga de el texe…este mundo es un pañuelo no?

    • Inés I.
      16 octubre, 2011

      Hola, ¿cómo andás? La verdad que sí, el mundo es un pañuelito. Con el Boli somo amigos desde hace años, de la época del liceo. Con el Texe y demás “ingenieros locos” también, los conocí a todos por intermedio de mi hermano, estaban en la misma pensión en Montevideo, la famosa pensión de Olga. Un grande el Boli, maravilloso sentido del humor. Mientras viví en Montevideo, lo tenía de técnico en computadoras “de cabecera”. Pobre, cada vez que la compu se taraba, allá le caía yo con la máquina abajo del brazo, y él hacía su magia y me la dejaba reluciente :)

  4. izcoatl garcia
    4 enero, 2012

    Se extrañan a las mascotas,yo no soy muy afin a los gatos,mas bien a sus enemigos en la mayoria de los casos,los perros,cuando se van es dificil,a mi amigo peludo lo dejaba salir a la calle a pasear por que odiaba estar encerrado, se la pasaba con amigas todo el tiempo o en alguna pelea con otro perro de la manzana,tenia 7 años cuando se enfermo de artritis y en invierno sufria al caminar,cuando salia siempre volvia, pero luego de no curarse, un dia no volvio mas,creo que supimos que habia pasado,pero preferimos pensar que se habia cambiado de familia,espero que haya arriba no tenga mas peleas con gatos o perros

  5. Alexandra
    22 octubre, 2012

    Hola Ines,
    Me acabo de leer la historia de tu gatito Morocho, como se echan de menos… mis padres tenían a Eros, falleció mi padre en mayo del 2006 y al cabo de unos meses Eros le siguió. En mayo recogimos mi hijo y yo a un gatito abandonado Conguito, él es negrito totalmente con una manchita blanca en la barriga, lo adoramos. Es un poco arisco , pero es que es tan encantador, es nuestra panterita. Cuidate.
    Alexandra.
    Ya ha pasado mucho tiempo quizás vuelves a tener a otro peludo de nuevo haciendo compañía a las gatas.

    • Inés I.
      22 octubre, 2012

      De hecho, tengo otro, a medias. El Ñato (¿adiviná quién le puso el nombre?). Vive mitad en casa mitad en la calle, o para decirlo como es: cuando no anda vagabundeando por ahí, vive arriba de la cama de mi madre o comiendo pelotitas como el mejor (por suerte les sigo dando comida especial a los tres, baja en grasa, si no andaría rodando :)

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Esta entrada fue publicada el 20 septiembre, 2011 por en PERSONAL.

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